La tragedia de unos pantys

IMG_3063Tomó asiento en su banco de Plaza España, el que queda de frente a la puerta de la Torre emblemática de Madrid. Había llegado arrastrando su pierna izquierda, casi imperceptible debajo de ese abrigo más negro que gris por la mugre que hospedaba. La falda de tubo por debajo de la rodilla conseguía esconder la tragedia de los pantis. En su mano derecha portaba una bolsa de papel del nuevo Primark de la Gran Vía, de la que sobresalía el cuello de una botella, por el color del cristal y la etiqueta era de un vino de reserva. Bajo un sombrero de paño rojo descendía en una elegante coleta. Elevó un poco la vista como si tuviera que realizar una comprobación antes de acomodarse haciendo una reverencia sobre su trono de madera. Tras dos mechones plomizos como el cielo de Madrid, prueba de una vejez inminente, o algo anticipada quizás, se asomaba un rostro vencido. Finalmente, se desplazó como levitando hacia el lado derecho del banco y colocó, al lado contrario, aquel sobre de papel que contenía el casco de vidrio. Casi no pestañeaba. Fijó su mirada en las gentes que iban, venían y paseaban por delante de las escaleras de aquel anciano rascacielos. Eran cerca de las 2.15 cuando buscó en su muñeca la confirmación del tiempo transcurrido. Y de nuevo clavó su mirada en las grandes puertas de cristal del edificio.

La aparición de ese hombre con traje a medida, de repente hizo que su postura pareciese impostada. Enderezó su espalda sin levantarse del banco, mientras cruzó sus manos sobre los muslos elevándose sobre sí misma. El guiño de su ojos profundizó sus arrugas y oscureció las ojeras. El ejecutivo también observó su reloj. Daba pequeños pasos hacia un lado y hacia el otro, metiendo y sacando las manos de sus bolsillos, delante del bloque de apartamentos. Paró y sacó el móvil. Observó la pantalla. Frunció el ceño y levantó la mirada. Por un momento pareció que hubiese cruzado los ojos con la mujer del banco, pero no se paró. En ese momento sonrió y avanzó a prisa para encontrarse con una mujer pelirroja, con abrigo del color de su melena rizada y zapatos de tacón a juego, quién se abalanzó sobre su pecho. Frenó el ímpetu de la joven cogiendo una de sus manos y la introdujo de un tirón en el hall de los apartamentos. Desaparecieron. La mujer del banco se relajó y apoyó su espalda sobre el respaldo. Se observó las manos mientras acariciaba con sigilo, calmando una y otra vez el descarnado y desnudo dedo anular de su mano derecha.

Tras 30 minutos de espera, la pareja de amantes furtivos se despidieron en la puerta del edificio con un abrazo corto y casi en el aire, sin un beso que sellara aquel encuentro. La noble espectadora negó varias veces con la cabeza.

– No ha podido ser por esto, no ha podido ser sólo por esto, repetía. Recogió su bolsa de papel con la botella dentro y desapareció con paso distinguido entre la multitud que salía en ese momento de la boca de metro de la línea 3.

El siguiente día y el siguiente día y el siguiente, la señora de abrigo mugriento y medias de punki trasnochado, volvía al mismo lugar, al mismo banco, con la misma bolsa de papel con su botella de vino dentro y permanecía inerte hasta verle aparecer frente al portal de los apartamentos. Día tras día, tras días, observaba como el hombre de traje caro y cuerpo atlético desaparecía por el hall de aquel edificio con la jovencita pelirroja, la morena pre menopáusica o la rubia cincuentona. Tras verlos salir del edifico y repetir el indiferente e insípido ritual de despedida, la distinguida fisgona no dejaba de acariciar su dedo anular o negar con la cabeza mientras levantaba el peso de su cuerpo con el idéntico do sostenido del Claro de Luna de Beethoven. Y volvía a desaparecer arrastrando su sombra entre el gentío del suburbano perseguida por el lamento del pianísimo de la sonata del genio alemán.

No dejó de asistir a su cita diaria para espiar el testigo de una farsa en aquel banco de madera, frente al jubilado rascacielos de Madrid.

Hoy no ha traído su gorro de paño granate, y los rayos de sol iluminan sus mechones cenicientos queriendo alumbrar su rostro. La cojera de su pierna izquierda ha desaparecido y la bolsa de primark ha sido sustituida por una de plástico de los días de Oro del Corte Inglés. Las cuencas de sus ojos han perdido profundidad y permiten resaltar el iris color aceituna de unos ojos que acechan al mundo que le rodea. Se acerca a su banco ocupado por una pareja de universitarios que se devora como si no hubiera mañana. La dama se mueve de un lado a otro y alrededor del banco, se frota las manos y se las lleva hacia su cara apretando las mejillas.

– Ese amor se acabará algún día, o tendrá otro dueño y la destrozarás el corazón. Esos besos son una farsa producto de las mentiras que arroja tu entrepierna.

Los muchachos la miran, se miran y recogen sus carpetas de estudiantes. Él pasa el brazo por la cintura de ella y la agarra posesivamente. Se despiden de la errática señora con un gesto de penetrante desaprobación en sus caras. Ella ni se percata del desdén y rápidamente toma asiento, en su lado derecho y al contrario su bolsa con el casco de zumo de uva. Ya han pasado las dos y media y él aún no ha llegado. Vuelve a frotarse las manos y a recogerse las mejillas. Cruza y descruza las piernas, elevando sistemáticamente el tronco sobre su asiento.

De pronto sus ojos y su boca se abren generosamente. El ejecutivo está en el hall de los apartamentos, aún tras las puertas acristaladas. Le agarra por la cintura un joven que se le parece. El que ya pinta canas en su engominado tupé , se aferra a la mano del pretendiente que le apresa por la cintura. Juntos atraviesan el hall y se abrazan ya en la calle. La peregrina del banco al ponerse de pie se ha desprendido de su abrigo mugriento dejando al descubierto la esbelta figura de una mujer muy elegante. Porta en su mano izquierda la desnuda botella de vino y una amplia sonrisa despunta en sus gruesos y encarnados labios marcando unos pómulos prominentes. El imberbe clonado toma el rostro de su compañero con las dos manos y le profiere un beso infinito. El hombre de traje caro y pelo travoltiano, aprovecha para poner una mano sobre la parte baja de la espalda del amante temerario. Se despiden desenredando sus dedos mientras toman direcciones opuestas.

La indiscreta dama brinda con el aire y las hojas amarillas que vuelan desde los árboles, y por fin recibe risueña el cáliz en su garganta. Ríe , ríe a carcajadas, mientras eleva sobre su cabeza la mano derecha liberando los dedos coreografiando un baile digno de cualquier ritual africano.

– Lo sabía, no era yo, era cierto, nunca fui yo.

Se mezcla con la personas de la plaza, y se pierde en el allegro veloz que marcan los pasos del resto de transeúntes.

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