LLamas de Surf

LlamasSalió de las aguas para recoger su toalla empapada de arena . Mantuvo la mirada fija sobre aquel malvarrosa celestial que acompaña al sol, mientras recogía y secaba su pelo con el trapo de felpa. Respiró tan profundo que el rugido de la última ola rompiendo en la orilla se incrustó en su pecho. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que los rayos del ocaso calentaran y perfilasen su cuello casi tan esbelto como el de un cisne. Recorrió su cuerpo desnudo con la toalla sin olvidar ni un milímetro de su piel, así, como le hubiera gustado que hiciera aquel que llevaba tantos meses perdido en la mar. Todos los atardeceres, desde que partió, Emma se introducía en las fauces salinas de aquella playa en busca del único consuelo que aún le quedaba para tanta soledad. Nadaba y luchaba en su tabla frente a la voracidad de un mar abierto y ansioso, insolente y ajeno al éxtasis de sus plegarias . Las redes de arrastre de ese Atlántico egoísta aun no habían roto la esperanza de su regreso, ni la emoción del reencuentro con la mitad de su corazón.

Clavó la tabla en la arena dejando un especio con la de su fugado. Estiró la toalla bajo sus pies, se sentó sobre ella formando con sus muslos las alas de una mariposa, flanqueada por las dos llamas de surf. Elevó sus brazos por detrás de su nuca con los codos paralelos a sus rodillas, de modo que la letanía de los rayos de sol pudieran perfilar perfectamente sus pechos en la sombra que proyectaba sobre la arena . Cerró los ojos, inspiró todo el salitre y la luz, y voló sobre las olas hasta lo más lejano de aquel horizonte. De nuevo buscó un pesquero y, a tientas, se dejó caer para encontrar su mitad. Porque su mitad estaba esperándola , estaba segura de que la aguardaba junto a la boca de esa fiera tan insaciable y peligrosa,  como herida por la avaricia  y el hambre desmedido de toda la humanidad.

Un silbido acarició sus oídos y aquel aliento la devolvió a la arena. El astro rey había desaparecido ya en el horizonte. Formó con sus brazos un arco de medio punto sobre su cabeza y dejo caer su cuerpo sobre la alfombra de tierra. Y fue entonces cuando al mirar hacia el espejo estrellado del mar, encontró el brillo de unos ojos que la observaban con ese amor infinito del que sabe que vuelve donde nunca debía de haber partido.

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