Sonríe, por favor (III)

sonrisaAl salir del túnel, la luz del día apagó aquel amargo recuerdo de la mente de Sagrario. Tragó saliva y procuró respirar hondo para que se le deshiciese el nudo en el pecho, cada vez más profundo. La vida parecía haberse desvanecido tras la muerte de su madre, tanto que cada día le era más difícil respirar y obtener el oxigeno suficiente en sus venas que mantuvieran la cordura de su cabeza. Los días que pasaba en Madrid entre sus clases, sus niños, sus amigas y Juan, a quien había conocido poco antes de que su madre se fuese, aún podía sobrellevarlos. Pero esos fines de semana en el pueblo eran cada vez más insoportables incluso para alguien tan fuerte como ella. Atendía a su padre, aseaba ese cuerpo cada vez más inerte, casi transparente, y arreglaba una casa que había perdido el color, la luz y el calor de una familia, de su familia. La aflicción de su padre, angustia y tristeza ensombrecían cada vez más las paredes de aquella casa, abatiendo semana tras semana las pocas fuerzas que le quedaban a Sagrario para seguir adelante. Tanto que, incluso había llegado a considerar la propuesta suicida que le había hecho su padre el último domingo. Necesitaba una salida, una solución a tanta desesperación y desesperanza. Y ya no podía pensar con claridad. El agotamiento físico y mental habían nublado verdaderamente su razón.

-Yo quiero irme con tu madre, necesito estar junto a ella. Aquí no hago más que estorbar, no sirvo para nada, Sagrario. Soy un cobarde lo sé, siempre lo fui, pero ella calmaba mi desasosiego con su voz serena y tierno semblante. Siempre supo qué palabra necesitaba oír en mi angustia infinita. Necesito que me ayudes, que acabes con mi sufrimiento, con esta pesadilla para todos, hija. Yo no valgo ni para quitarme de en medio, no lo ves, soy un maldito inútil, Sagrario.

Las desahuciadas palabras de su padre atizaban sus oídos de forma tosca y grosera. No podía acallarlas de ninguna manera, habían hecho mella en sus planteamientos frente a la eutanasia, habían herido su firme convicción cristiana.

De repente, la discusión de una pareja sentada delante de Sagrario silenció sus introspecciones sobre el mundo de los vivos y los muertos.

-Pues yo paso de poner la típica musiquita de ceremonia nupcial, es que no lo soporto, lo siento, Josué; no va conmigo y lo sabes. Ya bastante he cedido celebrando bodorrio, así que no tenses más la cuerda. En el salón pondremos esta y punto.

La chica de pelo negro con matices azulones, quitó los cascos de su móvil para que su compañero pudiera escuchar la música que sonaba. El muchacho, aparentemente más comedido, se frotó el cogote con las dos manos en señal de su pequeña desesperación. Comenzó a sonar el Canon de Pachelbel y poco a poco el autobús se fue quedando en silencio, como si el sonido de aquel pequeño cacharro se hubiera apoderado de las conciencias de los viajeros de ese autocar. Sagrario cerró los ojos e inspiró profundamente intentando aspirar las notas de aquella melodía a través de los poros de su piel.

-Vamos a bailar cariño, como el día de nuestra boda. Vamos a bailar.

Y los tres recorrían el salón de su casa, enganchados por la cintura, con Sagrario subida sobre el pie de cada uno, de su madre y de su padre. No importaba los muebles que hubiera en la estancia, casi flotaban al compás de aquella sinfonía.

-De acuerdo cariño, me has convencido. Esta sí me gusta. Pensé que me ibas a poner a Depeche o algo así. Eres una caja de sorpresas.- Los dos muchachos se fundieron en un frenético beso que finalizó con el aplauso espontáneo de todo el autocar.

Sagrario sonrió. Por primera vez en todo el viaje emitió una leve sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo volvió a sonreír.

-Así está usted más guapa, señorita. No deje de sonreír. Es buena medicina para el alma, se lo aseguro.- Dijo el anciano con voz templada y afectuosa.

-Gracias, señor, lo intentaré. Últimamente no he tenido muchos motivos para hacerlo, pero haré lo posible por recuperarla.

-Todos los días existen motivos para sonreír, muchacha. Aunque sólo sea por ver amanecer un nuevo día. La vida es un regalo, no lo olvide.

Sagrario bajó de aquel autocar más erguida de lo que había subido, recuperando su armónica figura. Las piernas ya no le pesaban tanto y estaba deseando llegar a su casa, abrazar a su padre y contarle todo lo que le había ocurrido en aquel viaje.

– Ya llegaste, hija mía; pensé que no llegaría el día de hoy. ¿Has pensado lo que hablamos?¿Me vas a ayudar?

– Claro que te voy a ayudar, papá. Pero no como tú quieres. Te voy a enseñar a vivir de nuevo, a recuperar lo que crees que has perdido para siempre. A ser feliz papá, porque la vida es un regalo y estamos aquí para recibirla con una sonrisa, siempre.

 

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