Fiel compañía

nucaSe llevo toda la noche en vela. A los pies de su lecho sin perder un solo suspiro de aquel pecho agonizante. Aguardó por horas que no ocurriese lo que parecía evidente, pero no quiso perder la esperanza. A cada hora le tomó el pulso y mojó su boca con agua, acarició su frente y le susurró lo mucho que la quería. Tanto, tanto, que se le partía el alma cada vez que sus ojos se perdían en el infinito.

Por algunos momentos quedó transpuesta, lo suficiente para soñar con tantos días de paseos por el parque en busca de sus amigos, de carreras por el campo al corre que te pillo o detrás de algún balón, en compañía siempre de sus inseparable amigas. Incluso se perdían en el horizonte en busca de nuevas aventuras. Un gemido la sacó de la ensoñación y rasgó su corazón con el dolor de su compañera. No te asustes preciosa, que no me voy a ninguna parte, estaré aquí por siempre. Por sus ojos se desprendían las fuerzas, el dolor y la desesperación . Volvió a acariciar su frente, a mojar su hocico y a secar sus ojos de los que también brotaban lágrimas.

Colocó la cabeza entre sus manos y comenzó a tararearle la canción que la calmaba en la primeras noches de cachorro, cuando no dejaba de aullar llamando a su madre, hasta que ella ocupó ese lugar. Sonrió, volvió a sonreir al recordar aquellas veladas de biberones intentando que aquella miniatura saliera adelante , sonrío al recordar el primer cojín destrozado por la desazón de los nuevos dientes, o el agujero en la pared las primeras veces que se quedó sola, sonrío cuando recordó como aprendió a pedir cariño con su patita cuando volvía a casa después del trabajo, o cuando se asomó a la nueva cunita de aquel bebe, con la cola entre las dos patas por el miedo de que dejase de quererla.

Es imposible no quererte preciosa, porque nos diste más de lo que pedimos nunca, porque nos acompañaste siempre que te lo pedimos y sin pedirlo ,también, porque me ayudaste a superar los miedos con esa mirada tan sorprendente, tan emotiva y con tanta expresividad.

Porque fuiste el mejor perro que se puede desear, y por eso me duele tanto verte partir.

Llegó el alba y los primeros rayos de sol iluminaron aun más aquel rostro anciano. Ella miró los haces de luz ante su ventana y en cada uno de ellos pudo ver a cada uno de sus antiguos compañeros sentados sobre sus patas traseras, con los hocicos el alto aullando y moviendo sus rabos. Y hacia ellos comenzó a caminar segura pero despacio, con la oreja s en alto y el lomo erguido. Paró un segundo, miró hacia atrás para encontrarse con sus ojos emocionados y movió su rabo por última vez.

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