Déjame convencerte, Papa

CasaLago¿Cuántas veces he de decirte que no quiero golfos en mi casa? Pensabas que por ser estas fechas iba a permitir que entrase gentuza aquí, pues lo llevas claro.

Nunca había visto esa mirada en los ojos de su padre. Proyectaban fuego, estaban inyectados en sangre y la congestión de su rostro hacía temer una explosión de vísceras en cualquier momento.

Javier miró a su madre buscando algún tipo de gesto que albergase alguna esperanza. Pero automáticamente ella retiró la vista y dirigió su atención a lo que estaba cocinando. Percibió inseguridad, temor e incluso vergüenza en su actitud, algo totalmente inesperado para Javier. Estaba claro que esa guerra iba a tener que librarla él solo.

No sabía que le había dolido más. Había hecho lo imposible en el trabajo toda la semana, adelantando todos los cierres contables posibles para poder coger el día de vacaciones. Se había comprometido con Gonzalo a apuntarse de nuevo al gimnasio como contrapartida. Había recorrido casi 800 km en un día para poder estar junto a su familia en Nochebuena. Pero el anuncio de vuelve a casa por Navidad, era solo eso, un anuncio. Estaba claro que todas estas circunstancias no habían sido tenidas en cuenta en la mente de su padre antes de pronunciar aquellas palabras. O sí. Y por eso estaba doblemente dolido, pues había sido muy ofensivo con alguien a quien apenas conocía, con alguien a quién él respetaba tanto.

Intentó recomponer su rostro antes de volver al salón con el resto de invitados. Su hermano Santiago y su cuñada Julia charlaban animadamente con Gonzalo, mientras tomaban unas copas de vino. En ningún caso quería hacer perceptible su estado de ánimo, ni muchísimo menos dejar que Gonzalo pensase que esto no había sido una buena idea, algo que él ya había intuido antes de iniciar el viaje. Javier estaba convencido que su padre iba a pasar por alto la presencia de Gonzalo con tal de volver a verle, después de tantas ausencias, después de haber atravesado por una enfermedad que casi le lleva al otro barrio. Pero ni la enfermedad , ni la distancia , ni el tiempo, habían conseguido ablandar el carácter de un hombre acostumbrado al camino recto, a lo establecido en los sagrados cánones de la iglesia. Decidió tomarse unos minutos antes de que comenzase la cena. Se escabulló por la puerta de salón que daba a la terraza exterior, dirigiendo sus pasos hacia el lago. Necesitaba recomponerse, tomar aire y fuerzas para afrontar una cena que se preveía catastrófica. Desde luego, para nada lo imaginado o deseado por Javier.

Encaminó sus pasos por el sendero empedrado , entre los abetos y encinas. No había tomado el abrigo para no llamar la atención, y la gélida tarde penetraba en sus huesos haciéndole encogerse a cada paso. Respiraba profundamente como si al insuflar el aire en sus pulmones, el malestar provocado por aquella situación, fuera a desaparecer mágicamente. Llegó a la orilla y a punto estuvo de continuar el camino y desaparecer de todo aquello sumergiéndose en sus aguas, como hacía de niño cuando su padre le atormentaba haciéndole preguntas sobre sus notas o sobre las chicas de la escuela. Entonces recorría el mismo camino a la carrera y , sin tan siquiera quitarse la ropa , introducía su cuerpo cual pez volador dentro del pantano y se perdía en la profundidades. Pero hoy corría el riesgo de sufrir una hipotermia que paralizase su sangre y con ello su corazón, incluso más de lo que en ese momento sentía. La relación con su padre había sido siempre muy difícil, nunca se había sentido comprendido, escuchado, querido.

Javier siempre hizo todo lo que se esperaba de él. Continuamente cumplió con las expectativas de su padre, pero jamás recibió un reconocimiento por su parte. Consiguió a doble licenciatura en económicas y empresariales como quería su padre, MBA en Icade, como decidió su padre, y se hizo cargo de la sucursal de Barcelona, como también organizó su padre. Aunque, en realidad, esta última maniobra de su progenitor fue una puerta a la liberación que tanto tiempo había estado buscando. Poner distancia de por medio le había supuesto un gran desahogo, por fin podía comenzar a vivir su vida, su propia vida, sin justificar sus pasos a cada instante. Además, Barcelona le había ayudado finalmente a reconocer lo que desde hacía algún tiempo sospechaba. Descubrió que lo que le molestaba no era que su padre le preguntase por sus novias, por las chicas con las que salía, lo que verdaderamente le atoraba eran ellas. Sentía infinita aversión por cualquier contacto con las mujeres, más allá del que tiene una madre con un hijo o un hermano con una hermana. Era sexualmente impotente ante cualquier fémina, no así ante sus iguales. Y Gonzalo había sido su mentor, su preceptor en el amor homosexual, y hasta aquel momento, era su media naranja.

Comenzó a notar que se le helaban los dedos de los pies y la nariz empezaba a tomar forma de tempano de hielo. Ya había recuperado el aliento y las ganas de afrontar la situación, con la seguridad que le provocaba el tener a su lado al amor de su vida, y eso era lo que tenía que hacer entender a su familia. Tomó el camino de vuelta a la casa dispuesto a hablar con su padre con toda la paciencia del mundo hasta que comprendiese que nada ni nadie iba a separarle de Gonzalo. Según se acercaba al chalet, surgieron las primeras voces que alertaron a Javier sobre lo que sucedía. Aceleró el paso al percibir ciertos movimientos extraños en las sombras que se dejaban ver entre los cristales del salón y la cocina. Próximo ya a la casa, comprendió que las voces eran llantos y lamentos. Corrió hacia el interior del salón por la misma puerta que minutos antes había atravesado en sentido inverso. El salón estaba vacío. Dirigió su mirada hacia la cocina, en el umbral de la puerta Gonzalo abrazaba a su madre que ocultaba su cara con las manos a la vez que lloraba desconsoladamente. Gonzalo le miró y negó con la cabeza. Buscó a su hermano Santiago, estaba dentro de la cocina, arrodillado en el suelo junto al cuerpo inerte de su padre. Golpeaba fervientemente su pecho con ambas manos, mientras Julia le hacia el boca a boca. Se le heló la sangre, ahora sí. Había vuelto a casa por Navidad, pero su padre había decidido no encontrarse con él.

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