Estigma de una maceta. Cuitat Morta**

ciutat morta

¡Qué le dejes!¡le vas a matar! A la cabeza no, el ojo, no puede ni abrirlo, le dejarás ciego, así le matarás ¡Basta !¡basta! !¡basta!
Las 5.30, otra noche igual, es insoportable. Estos calambres en todo el cuerpo no me dejan parar, necesito sacarlos o me matarán a mi también. Me ahogo, el pecho me estalla, me quema justo en el centro. Otra vez el zumbido en los oídos, me voy a volver loco. Sal de aquí , a la calle, a correr. El mal rollo me persigue. Como yo hice, como nosotros.
Ato atropelladamente mis cordones y me enfundo la primera sudadera que encuentro en la silla del ordenador. He comenzado a sudar y aún no he puesto un pie en la calle. Ya tengo el pulso acelerado y noto como el nudo del pecho avanza hasta mi garganta. Me lanzo sobre el wáter y desalojo todo lo que me queda dentro. Cada día menos, cada vez más vacío. Los calzones de correr están un poco arrugados, pero a estas horas de la madrugada me cruzo con poca gente. Los cuatro borrachos de turno y alguna puta que terminó pronto sus servicios o simplemente ni los tuvo. Por eso intenta engancharme cada vez que paso a su lado y me dice majaderías al ritmos de mis zancadas. Cubro mi cabeza con la capucha del jersey tras ponerme en los casos a todo trapo a los Linkin Park. Anudo las llaves al cordón del pantalón y salgo pegando un tirón seco del perfil de la puerta. Bajo desordenadamente las escaleras de los dos pisos y freno en la puerta del portal para tomar una bocanada de aire que me impulse hacia las sombras.
No entiendo por qué no cambio de itinerario. Es como si mis pies no respondiesen a mi conciencia, o quizás sí. Al trote bajo el Carrer Méndez Núñez. Mi corazón se acelera por la proximidad de esa calle, no tanto por la velocidad de mis pasos. La música de mis cascos pasa a un segundo plano, comienzo a escuchar a mi superior vociferando órdenes:¡ los cascos! ¡Los Cascos, coño! ¡HE DICHO QUE OS PONGAIS LOS CASCOS!
Las luces de las sirenas me ciegan, mis ojos tardan en acostumbrarse a tanta claridad. La inquietud me invade de nuevo. De repente, el carrer de Sant Pere Mes Alt me parece la calle más larga de toda Barcelona, la angustia me ahoga. Esos pintas con rastas comienzan a entorpecer mis pasos, no me miran, tan solo se apartan. Uno de ellos roza mi rostro con sus rastas, tiene las orejas repletas de objetos que penden como la espiral de un cuaderno. Es el chico al que veo apalear todas las noches en la comisaria de la Guardia Urbana desde aquel 4 de febrero. Continuo, no me paro. Acelero el paso. Se oye una sirena de ambulancia. De frente, un compañero con la porra en alza avanza hacia mi amenazante. Me cubro la cara con los brazos, ladeo mi espalda protegiendo mi pecho y cierro los ojos. Aligero mi carrera como si fuera mi vida en ello. Cuando abro de nuevo los ojos, Samuel está tras de mi pateando en el suelo a unos de los acompañantes del okupa sudaca. Avanzo en la calle y a la izquierda observo el Teatro, por las ventanas se asoman montones de torsos oscuros aullando insultos.
Un grupo de compañeros se arremolinan en corro y miran al suelo, y se llevan la manos a la cabeza, y van de adelante a atrás y golpean sus porras contra lo que pueden. La ambulancia se ha parado a su lado, bajan dos sanitarios. El círculo se abre justo cuando yo paso. Sin frenar mis pasos giro la cabeza hacia la derecha. Otro compañero tiene la cabeza inerte sobre el asfalto y un líquido viscoso, entre granate y gris se derrama desde la tapa de sus sesos. ¡ESTOS HIJOS DE PUTA!¡VAN A PAGAR POR ESTO!.
Saboreo los jugos del estómago en mi boca, las arcadas agarrotan mi garganta. Consigo controlar el vómito y mantengo la marcha. Necesito salir de esta calle, necesito abandonar este lugar siniestro. Mis cascos tienen vida propia y ahora es Cyndi Lauper la que martillea mis oídos. A diez pasos sobre mi pies, de nuevo en la acera izquierda, hay dos muchachos en el suelo junto a una bicicleta con el manillar destrozado. Ella lleva unas mallas negras bajo una redecilla de puta malcriada. Justo al lado contrario del rapado tatuando un ajedrez de su cabeza, tiene una brecha que le cubre la ceja. La pequeña zorrita tiene un rostro dulce, una mirada angelical, la conozco, es la chica del móvil del Hospital del Mar. Su compañero, pese a la ridícula bata de boatiné que lleva puesta y las heridas que también muestra en el rostro, no para de reír, que moco lleva el cabronazo este. Comienzo a escuchar unos versos, poemas que recita una mujer, dice algo sobre estar muerta en vida, sobre el error de confiar en la justicia , sobre la cárcel que supone una culpa que nos es suya…Agito mi cabeza para que vuelva mi música y casi me choco con un personaje hermafrodita, hombre o mujer no sé, estira el brazo, abre la mano y sopla a un montón de cenizas que ciegan mi ojos.
Ya llego al final de la calle. Tuerzo a la derecha para alcanzar de nuevo mi portal. Vuelve la misma sensación que cuando comencé este maratón. Las corrientes han cesado, pero la ansiedad sigue conmigo y cada vez me ahoga un poco más. Siempre que vuelvo a casa, levanto la vista hacia las terrazas y los balcones, como si algo desde ahí arriba estuviera expectante amenazando mi vida. Introduzco la llave en el portal y un fuerte golpe a mis espalda me estremece y me encoge. Aterrorizado vuelvo la cabeza. Allí está, estrellada en el suelo, la maceta.

**NOTA : Vaya por delante que esta Historia del mal es mi humilde y pequeño homenaje a los muchachos que fueron victimas de tanta mierda que nos rodea y de la que ninguno está libre de que le caiga encima. En cualquier momento, lugar o circunstancia se nos puede estigmatizar por aquellos que no entienden que la libertad de cada uno de nosotros termina en el respeto a la libertad de los demás.

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