Silencio, ese lugar inalcanzable.

Tras leer este post, os recomiendo el enlace musical adjunto, Enya y su Caribbean Blue

silencioSon las 20.45 y todavía no he puesto un dedo en la tecla. Llevó toda la tarde intentando sentarme a escribir lo que me retumba en la cabeza, pero no hay forma de encontrar el momento, ni el instante en el que se instaure el silencio. Las tardes son un atropellado maratón de extraescolares, deberes, exámenes que preparar, duchas, cenas, paseos a la perra, cuentos, firmas de notas, cocinas, ropa, lavadora, sillón, cama, a dormir. Y el hilo musical que lo acompaña no es otro que: si cielo…., dime cariño….., claro gordito……, ya vale enano, no me grites niño, ¡ya está bien!, ¡suelta a tu hermano!,¡ a tu habitación!, a la ducha, que sí toca,¡ a la ducha!, la cartera, recoge la ropa, a cenar, los dientes, no, no hay tiempo de cuentos, pues lee tu, ¡las luces!, ¡a dormir!.

Y ahora, en este preciso momento, este y solo este, en el que ya has conseguido que vuelva, que se siente contigo, que todo se quede en calma, que puedas incluso, volver a escuchar tu respiración y que el silencio te acompañe, suena el teléfono. Tu madre. La que lleva dos meses fuera. Desde que se ha jubilado no piensa más que en disfrutar lo que le queda en este mundo, como ella dice. Se ha puesto el mundo por montera y allá la ves haciendo de Willy Fog . Y como no se entera aún de lo de la diferencia de horarios, pues nada, te llama. Allí en Brasil son las 7 de la tarde, nada, no pasa nada porque aquí sean las 11 de la noche y acabes de plantar el culo en el sillón para descansar antes de comenzar a escribir.

¿Qué tal hija? ¿cómo estáis?¿ y mis niños? ¡Ay mis niños!, ¡cómo los quiero! El cole bien ¿no? Bueno que no te quiero molestar cariño, era solo para contarte que estoy aquí, en Sao Paolo, con unos amigos, tomando una Caipirinha y me he acordado de ti, que se que te gustan mucho y he dicho voy a llamar a mi hija para contárselo. Que estoy bien cielo, mañana salimos para Río. Esto es precioso, muchos contraste, pero un clima estupendo y la gente, uy la gente ¡un encanto! Bueno mi amor, que te quiero que te adoro, te echo de menos y a tu padre, claro. Pobrecito, cómo le hubiera gustado esto, sobre todo por los tanga, y las brasileiras, jajajja….. Te dejo que me sacan a bailar. Dale un beso muy grande a mis pequeños y otro a Pedro, que aunque no sea mi hijo también le adoro, ya lo sabe. Y a ti mi vida. Besos, ¡¡ciao ciao!!

Prácticamente toodas las noches la misma ametralladora. Pedro dice que la perdemos y que ya no vuelve, que tiene un subidón de adrenalina como jamás ha conocido en su vida .Que no tiene intenciones de volver a la aburrida e insípida vida de abuela viuda en un Madrid estresado. Que se quedará por ahí bailando lambada con algún mulatón y adiós a la herencia. Yo le digo que está equivocado, que mi madre aún tiene los pies en la tierra, solo se está dando un homenaje, que lo merece, claro que sí. Pero cada vez que llama, y me cuenta, y la escucho tan contenta, tan entusiasmada, como nunca la vi en su vida, se me encoge el corazón y lo digo con la boca cada vez más pequeña.

Dejo el teléfono sobre su cargador encima del mueble de la tele y retomo mi lugar en el sillón , portátil en ristre y dispuesta a comenzar. Pero no, tampoco puede ser. Gordi, se pone a ladrar, nadie le ha puesto su comida. Está furiosa, todo el mundo ha cenado y no se han acordado de ella. Pobre animal, lo que tiene que aguantar. Me levanto de nuevo y lleno su cuenco de comida y agua, tampoco tenía, estaba seco. Le acaricio el lomo mientras mueve el rabo, dicen que lo hacen en señal de agradecimiento. No sé si llegan a tanto, pero me gusta que lo haga.

Arrastrándome como una babosa, vuelvo a salón. ¡Ya está! Desisto del sillón. Pedro acaba de encender la tele. Así, va ser que no. Imposible concentrarse con el martillo pilón del Wyomig y su chistosa interpretación del anuncio de la Lotería de Navidad. Me voy a la habitación, a ver si lo encuentro, a ver si me encuentro.

Me quito la sudadera, el sujetador, y los calcetines gordos de estar por casa. Necesito una ducha para relajarme. Cojo el pijama azul de franela de ositos vestidos de papa noel, unas bragas rojas del cajón, cuelgo el albornoz del cristal de la mampara de la bañera, y me quito el resto de la ropa. Abro el grifo mientras me quito la goma del pelo, e introduzco un pie y después el otro. El agua choca de golpe contra mi cara y la dejo correr como el riachuelo en busca el arroyo. Cojo la esponja y la empapo en gel. Me doy media vuelta y el pelo chorrea la espalda. Me encanta el olor del vaho mezclado con el jabón. Me encanta el sonido del agua saliendo en forma de lluvia. Cierro los ojos y me doy cuenta que esto es lo más cerca del silencio que he estado en todo el día.

Salgo del baño con el pelo envuelto en una toalla y aun puesto el albornoz. Decido abrir el ordenador y aprovechar este momento de calma absoluta. Ya ha llegado, ahora sí está conmigo, es mi silencio, mi inalcanzable silencio.

¡Mamá! Olvidamos hacer los problemas de mate.

Basta. Desisto. Hoy tampoco hay lugar para mi silencio.

 

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