Cap_1 Quítate esa sonrisa de la cara

QESTC

 

¡Joder que me quemó! LLevaba demasiado tiempo debajo de la alcachofa de la ducha , de tal modo que la temperatura del agua se había elevado cerca de los 40 grados. Estaba absorta en mis pensamientos. Entrelazba las manos entre los pechos, dejaba chorrear el agua por mi cuerpo sin inmutarme hasta el preciso instante en que me escaldé. Cogí el guante de crin , lo empape con agua y jabón, y comencé a frotar mi cuerpo. Percibí que el olor a caramelo no era el de siempre, más bien olía a mentol y lima. ¡Mierda! pero ¿qué hago? Me estoy echando el champú en el cuerpo. Joder Sandra ¡espabila! que hoy necesitas más de los 5 sentidos. Enjuegué de nuevo la esponja en el agua, y , ahora sí, cogí el bote de gel con aceite de Argal reiniciando el masaje corporal. Manipulé la cuchilla repasando cada centímetro de mis piernas , de mis muslos y entrepierna, y por supuesto, las axilas. Eran las 6.45 de la mañana de aquel martes 11 de septiembre, aún me quedaba tiempo para estar todo lo presentable posible en la última ocasión que tendría de estar con él.

Andrés había vuelto a la oficina hacía 3 meses, después de haber estado como enviado especial en Israel. El 7 de febrero , Ariel Sharon había sido investido como primer ministro israelí, y él había tenido que cubrir la información. Tras el atentado de un conductor palestino que arrolló a 7 militares israelís, tuvo que posponer su vuelta a España unos meses más. Pero ahora se iría para no volver. Cambiaba de ciudad, de trabajo, de vida. Se iba a Bruselas a formar parte del Gabinete de Comunicación del Parlamento Europeo. Tras el Máster en Periodismo internacional que había realizado en Columbia, casi todos sus destinos habían sido en el extranjero, pero siempre volvía, aunque fuese por unas semanas. Esta vez todo era distinto. La oportunidades se me acababan. Era ahora o nunca.

Me coloqué las botas vaqueras. Eché el último vistazo en el espejo de pared de la entrada. El pelo había quedado con el desorden justo para parecer despeinado y me recogí un mechón del largo flequillo detrás de la oreja derecha. Me acerqué para revisar el trazo del eye liner, había quedado perfecto, prácticamente imperceptible. Ladeé la cadera para comprobar si la minifalda tejana incitaba al riesgo mastrando parte del interior. Quedé conforme tanto con la extensión como con la estrechez, marcaba cadera pero sin aprisionar el culo. Me coloqué el fular en el cuello de un modo un tanto atropellado, cogí el bolso, las llaves y salí apresuradamente mirando el reloj del móvil, ya eran las 8.15. Tenía escasos 20 minutos para llegar a la redacción.

Sentada en mi mesa, no podía con la sensación de verle entrar por la puerta, recorrer el largo pasillo con gafas de sol puestas y mochila al hombro. ¡Quita esa sonrisa tonta de tu cara! me decía a menudo. La culebrilla en el estómago cuando pasaba justo por mi lado, era el momento del día más excitante. No cruzábamos las miradas, solo susurrábamos por el rabillo del ojo. Y torcíamos el gesto en señal de complicidad. Pero aquella mañana, las corrientes en el estómago llevaban conmigo desde que me había levantado. Tenía la sensación continua de que el vientre se me hubiera convertido en una centrifugadora.

La puerta se abrió y mi respiración fue acelerando a la velocidad de los pálpitos del corazón , que parecía estar más cerca ya de la cabeza que de la cavidad torácica. Andrés pintaba camisa de cuadros azules remangada en los codos. Se ajustaba perfectamente a su torso y cintura, ¡cómo le quedan a este chico las camisas slim! Los vaqueros de bolsillos bajos y esa barba de 3 días, completaban un conjunto armónico del guapo desastrado que volvía loca a media redacción femenina, y parte de la masculina, no vayamos a negarlo. Intenté enderezarme en el asiento sin llamar demasiado la atención, pero al levantar la vista me encontré de frente con los ojos azules de Andrés. Inmóvil quedé al ver que me guiñaba un ojo a la vez que sonreía. Entonces sí, noté que el corazón se me salía por la boca. Acerté a coger el ratón y hacer como que el maldito roedor de plástico no me funcionaba. Andrés se volvió y , entre sonrisas y muecas, me emplazó a vernos en la reunión matutina.

La mañana paso con más penas que glorias, pues ya había acabado el trabajo de documentación sobre los nuevos pingüinos emperador del zoo de Madrid, pero no tenía la cabeza para ponerme a redactar nada. Entre tanto, Andrés había recorrido en sendas ocasiones la oficina en compañías varias, más féminas que otra cosa, cuestión que me alternaba entre un estado de excitación y depresión algo inquietante.

Eran ya cerca de las 14.15 y se acercaba la hora de comer. En las televisiones de la redacción comenzaban los informativos y la gente aprovechaba para desaparecer y tomar algo. Me levanté de camino al baño para vaciar la vejiga y recolocarme por dentro y por fuera. Toda la mañana sentada en la silla había hecho mella en el culo, que seguramente había tomado ya la forma del asiento en vez de su rechoncho formato natural. Según giré hacia el hall donde se encontraban los aseos, tropezé con una trampilla del suelo que había quedado algo levantada. Trastabillé un pie con otro y a punto estuve de besar el suelo. Al levantar la vista para encontrar la puerta del baño, topé de frente en actitud desafiante, a mi deseado Andrés.

¿Era café lo que tomabas esta mañana o tenía algún grado más? Estaba apoyado en la puerta con cara de cachondeo, en el amplio sentido de la palabra.

Son esas malditas trampillas del suelo, nunca mejor dicho. Algún día nos vamos a dejar los dientes por culpa suya. De todos modos, me alegra que te divierta mi torpeza, por lo menos si me echan de aquí siempre podré buscar trabajo de bufón o payaso en cualquier circo. No todos tenemos ni el currículo ni la suerte de otros, y no creo que vengan a buscarnos para esos puestazos. ¿Estarás contento no? ¡El Parlamento Europeo!, guau! Aunque vaya frío que vas a pasar allí.

Bueno , todo depende de la ropa que lleve uno puesto. Allí habrá más jersey de lana y menos camisa de cuadros. Habrá que acostumbrarse. Por ejemplo, no creo que vaya a ver muchas minifaldas como la tuya por allí.

Noté como la cara se me encendía como un fósforo y la piel se me erizaba de pies a cabeza. Recé para que no fuera perceptible, pero en el gesto de Andrés comprobé que ya era inevitable.

¿No me irás a decir que a estas alturas te ruboriza un cumplido de este viejo compañero? Adelantó su posición, acercándose peligrosamente hacia mí. Cogió mi mano derecha y la deslizó hacia su espalda, a la vez que abría la puerta del aseo con su mano izquierda y tiraba de mi hacia el interior.

Colocó un dedo sobre mis labios de carmín en señal de ¡silencio! Se agachó para ver por debajo de cada cabina de retrete, y una vez comprobó que no había nadie más, me introdujo en el último, algo más espacioso pues era el de los minusválidos.

Una vez dentro del cubículo, me atrajo hacia sí agarrándome fuertemente por la nuca. Aparto el flequillo de mi cara e introdujo su lengua hasta la garganta. No pude reaccionar. Estaba ocurriendo y aún no sabía cómo. Andrés me aprisionó contra la pared y buscó mi sexo bajo la minifalda, mientras absorbía mis aromas por el cuello. Me dejaba hacer, estaba paralizada por el propio deseo de que continuara. A través del escote buceó hasta encontrar mis pechos, y comenzó a acariciar los pezones con la punta de la lengua. Comencé a emitir pequeños jadeos y busco mi entrepierna de nuevo. Acerté a desabrochar el pantalón y testar que Andrés no dejaba lugar a dudas sobre cuál era su sexo. Lo agarré con la mano y empecé a acariciarlo con agitación. No acertábamos en el compás, pero el ritmo iba in crescendo en los dos. Andrés introdujo los dedos por mi tanga. Estaba absolutamente fuera de sí, yo no imaginaba que pudiera tener un comportamiento tan visceral, pero no iba a pararme a meditarlo. En el mismo instante en el que iba corresponderle de nuevo con un beso en la boca, buscando su lengua, agarrando su cabeza con las dos mano, Andrés me giró y mé puso de cara a la pared. Su miembro erecto presionaba firmemente mi culo. Una corriente de placer recorrió mi sexo mientras él se aferraba a las tetas.

Alguien entró corriendo al baño y se metió en la cabina justo de al lado. Ambos paramos en seco y cesamos en la carrera del placer. Andrés tapó mi boca con su mano izquierda y él cerró la suya con mi espalda. El que fuera, parecía estar indispuesto. Lloraba a la vez que vomitaba, o algo parecido. Era muy extraño. Susurraba algo como, no puede ser, es increíble, qué fuerte.

Ambos dos intentamos recuperar la cordura, recomponer nuestro estado normal antes del desenfreno y excitación de aquel momento. Sin hacer demasiados movimientos , nos vestimos las partes que habían quedado al antojo del deseo y cuando comprobamos que de nuevo estábamos solos, salimos sigilosamente retornando hacia la redacción.

Una vez fuera, con el colocón aún en el cuerpo, encontramos a todos los compañeros absortos e inertes frente a las pantallas de la televisión. La imágenes que se proyectaban atraían toda la atención de los allí presentes, por lo que difícilmente nadie se hubiera percatado de lo que había estado ocurriendo en esos baños pocos minutos antes. Andrés agarraba fuertemente mis manos, mientras escudriñaba las imágenes en un intento de comprender lo que estaba sucediendo. Eran la 15.15 de la tarde, era una torre del Wall Trade Center en llamas, era un avión aproximándose por detrás y chocando con la segunda torre, era un boquete de humo y fuego, era un sonoro quejido de todos los compañeros, era una fuerte punzada en el centro del estómago.

Era el final de una era, el final de una historia.

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